M.M. Robin, Nuestro Veneno Cotidiano (3): Toxinas y productos tóxicos al principio de la enfermedad de Parkinson

 

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Estamos perfeccionando la traducción, este articulo sigue estando en obra

Traducimos estas paginas para motivarte a leer el libro, comprándolo o tomándolo prestado de la biblioteca cuando este en el mercado español.

traducción Francis Colin + Celia Fernandez por Alteatequieroverde

Mucho tiempo considerada como una patología vinculada al envejecimiento, la enfermedad neurodegenerativa fue descrita por primera vez en 1817 por el Británico James Parkinson (1755-1824) en su breve ensayo The Shaking Palsy (Ensayo sobre la parálisis trépidante), donde enumera los síntomas: Temblores, gestos rígidos e incontrolados, dificultades de elocución. (Fue el médico francés Jean-MartinCharcot (1825-1893) quien dará su nombre, Parkinson, a la enfermedad). Este médico extraordinario y apasionado de la geología y de la paleontología, era también un activista político que escribía bajo un seudónimo (“Old Hubert”) libelos que, respecto a la historia industrial, aparecen hoy de una gran lucidez:  ” No deberíamos  castigar mas con el encarcelamiento a los obreros que se unen para obtener mejores salarios, mientras que sus dueños conspiren contra ellos impunemente “, aconsejaba así en Revoluciones sin baño de sangre.

En su Ensayo sobre la parálisis trépidante, el doctor Parkinson no da explicaciones para la enfermedad que llevará su nombre, pero sugiere que es de origen profesional o medioambiental. Había visto justo, por que, si en la mayoría de los casos es declarada hoy “idiopática” – no conocemos la causa-, un cierto número de factores profesionales y medioambientales han sido identificados.

Así es como después dela Segunda Guerramundial unos investigadores descubrieron fortuitamente que toxinas podían poner en marcha un síndrome de Parkinson, como lo relata el profesor Paul Blanc en su libro: éstos investigadores notaron una tasa de prevalencia de la enfermedad anormalmente elevada en el caso de los aborígenes Cha-morro de las islas Mariana de Guam y Eructó, en el Pacífico Oeste.

Adelantaron la hipótesis que este exceso (la tasa era cien veces más elevado que en los Estados Unidos) era debido a las semillas de cycas, una pequeña palmera, que los Chamorro comían en forma de harina y que contiene una toxina nombrada “BMAA”. Ciertos científicos discutieron esta explicación, arguyendo que la cantidad de BMAA presente en la harina era demasiado débil para provocar problemas.

Finalmente, es un investigador de Hawai quien pondrá término a la polémica: observará en efecto que los aborígenes son golosos de murciélagos, los cuales están locos por semillas de cycas. Pero la toxina BMAA se acumula en las grasas de los mamíferos volantes, según el proceso de bioconcentración. Por otra parte, la extinción de los murciélagos, muy apreciados por la delicadeza de su carne, conllevará la desaparición de la enfermedad de Parkinson en las islas Mariana.

Los anales industriales confirman el papel de los productos tóxicos en la etiología de la patología. Desde el principio del siglo XX, los médicos del trabajo comprueban, en efecto, que la exposición a los polvos de manganeso provoca un síndrome de parkinson entre mineros u obreros que trabajan en acerías. En 1913, nuevo caso son producidos así en el Journal of the American Médical Asociación. Así como lo subraya irónicamente Paul Blanc, el artículo comenzaba con una ” nota optimista “, una característica de la ideología entonces naciente (y que todavía prevalece hoy) según la cual el progreso se acompaña infaliblemente de ” daños colaterales”.

“Uno de los signos evidentes de la tendencia humanitaria los tiempos modernos es el interés sin cesar y creciente para los accidentes, las intoxicaciones y las enfermedades que son el lote de diferentes actividades industriales “, escribían así los autores, con la arrogancia que caracteriza a los que jamás tendrán que sufrir las enfermedades que se afanan por minimizar.

A lo largo del siglo XX, los estudios científicos se acumulan por todas partes en el mundo sobre los efectos psiquiátricos provocados por la exposición al metal (particularmente en los talleres de soldadura), de los que están la ” locura del manganeso”, que se traduce por alucinaciones y gestos desordenados, considerados como síntomas precursores de la enfermedad de Parkinson. En 1924, un estudio realizado sobre monos permite descifrar el efecto manganeso sobre el sistema nervioso central, provocando la muerte prematura de ciertas neuronas: esta pérdida provoca una disminución de la producción de la dopamina, un neurotransmisor necesario para el control de la motricidad

Hasta los años 1980, la literatura científica concernía sólo a las formas no orgánicas del manganeso, a saber simples óxidos o sales del metal utilizadas en aplicaciones industriales. Pero, en 1988, un estudio publicado en la revista Neurology revela que los trabajadores del campo encargados de pulverizar maneb, un fungicida a base de manganeso, desarrollan los signos precursores de esta enfermedad. Estos resultados son confirmados por otro estudio publicado seis años más tarde, concerniendo particularmente a un hombre de treinta y siete años que había aplicado maneb sobre sus semillas de cebada durante dos años, antes de desarrollar la enfermedad de Parkinson

Efectos similares han sido observados sobre los aplicadores por mancozeb, un fungicida emparentado y  utilizado hoy, como el maneb.

Por fin, el papel de las toxinas en la aparición de la patología ha sido validado por una serie de observaciones efectuadas sobre toxicómanos califórnicos. En los años 1980, los médicos comprobaron en efecto que la inyección de heroína de síntesis, llamada “MPPP”, ponía en marcha la enfermedad. Ahora bien, el MPPP contiene un agente que contamina, el MPTP, – cuyo derivado, el cyperquat  – es estructuralmente similar a unos herbicidas muy utilizados, el paraquat y el diquat. El ” modelo del MPTP “, que permite comprender los mecanismos biológicos que conducen a la enfermedad de Parkinson, fue objeto de estudios múltiples en los monos. Sirvió particularmente para investigar los efectos de la rotenona, una toxina natural producida por ciertas plantas tropicales y que entraba en la composición de numerosos insecticidas. Los investigadores observaron que inyectada en dosis débiles y repetidas, la rotenona inducía un síndrome parkinsoniano en ratas. (…)

Un informe publicado en enero de 2011 por Generaciones futuras y Plaguicidas Acción Network Europa reveló que en Europa el recurso a las derogaciones para utilizar plaguicidas prohibidos había aumentado el 500 % entre 2007 y 2010. La directiva europea sobre los plaguicidas (91/414) contiene en efecto un artículo, el 8.4, los que permiten obtener una ” derogación de ciento veinte días ” consagrándosele la posibilidad a un Estado miembro a utilizar plaguicidas prohibidos ” en caso de peligro imprevisible”. Somos pasados así en Europa por 59 derogaciones en2007 a321 en 2010, entre los que están 74 para Francia (generaciones FUTURAS Y PLAGUICIDAS ACCIÓN NETWORK EUROPA, ” La cuestión de las derogaciones concedidas en el marco de la legislación europea sobre el pesti¬cides “, el 26 de enero de 2011).

(…)Una enfermedad del mundo industrial

“Vistas las similitudes fundamentales que existen entre el sistema nervioso de los vertebrados y el de los invertebrados, los insecticidas que han sido concebidos para atacar el sistema nervioso de los insectos son claramente capaces de producir efectos neurotóxicos agudos y a largo plazo en los humanos “, escribela Organizaciónmundial de la salud en su manual de prevención publicado en 2006. Y la institución venerable de precisar: ” los síntomas pueden aparecer inmediatamente después de la exposición o de manera diferida. Comprenden un debilitamiento de los miembros o un entumecimiento; pérdidas de memoria, una disminución de la visión o facultades intelectuales; dolores de cabeza, problemas cognitivos y comportamentales y disfunciones sexuales. “

Todo lo que describela OMS, con frialdad clínica tan característica de los “expertos”, ha sido comprobado en numerosos estudios epidemiológicos, y es imposible presentarlos todos. Conciernen al síndrome de Parkinson y la enfermedad de Alzheimer, que afectan a 800 000 personas en Francia, a los que se añaden 165 000 nuevos casos al año, o la esclerosis lateral amiotrófica, todavía llamada ” enfermedad de Charcot “. Asi es como, en un estudio publicado en el 2001, la epidemiologista Isabelle Baldi mostró que la exposición a los numerosos plaguicidas aplicados sobre las vides provocaba una disminución de las funciones cognitivas (atención selectiva, memoria, elocución, capacidad de procesamiento de datos abstractos) entre los viticultores del Bordelés.

Bautizando “Phytoner”, la investigación concernió a 917 agricultores afiliados ala Mutualité SocialeAgricole: 528 habían sido expuestos directamente a los plaguicidas por lo menos durante veintidós años; 173 habían sido expuestos de manera indirecta por contacto con hojas o uvas tratadas; y 216 jamás habían sido expuestos (grupo testigo). Sometidos a pruebas de aptitud mental, las personas directamente expuestas tenían tres veces más riesgo que el grupo testigo de responder de manera errónea a las cuestiones que se les ponía. Y, hecho muy inquietante: las personas expuestas a los plaguicidas de manera indirecta respondían casi tan mal como las directamente expuestas.

Esto me recuerda la suerte de los alumnos del liceo Bonne – Terre de Pézenas, destinados a trabajar en la explotación vitícola familiar donde estuvieron en contacto con una multitud de venenos. En efecto, en otro estudio publicado en 2003, Isabelle Baldi y Pierre Lebailly mostraron que la exposición a los plaguicidas, utilizados particularmente sobre los viñedos del departamento Gironde (Bordeo), multiplicaba por 5,6 el riesgo de desarrollar la enfermedad de Parkinson y por 2,4 el de tener la enfermedad de Alzheimer – estos resultados son fruto de un estudio prospectivo (bautizado “Paquid”) donde 1 507 personas de más de sesenta y cinco años han sido seguidas a lo largo de diez años.

“Lo que es lamentable, me explicó Caroline Tanner, neuróloga del Instituto Parkinson de Sunnyvale en California dónde la encontré el 11 de diciembre de 2009, es que todos los datos acumulados sobre las poblaciones humanas ya habían sido obtenidos sobre animales de laboratorio hacía varias décadas.

– ¿Usted quiere decir que los resultados de los estudios experimentales son extrapolables al hombre y que deberían ser utilizados para actuar, retirando por ejemplo los productos sospechosos del mercado? Le pregunté.

– ¡Completamente! El ideal también sería que los productos sean sometidos a un test antes de ser llevados al mercado para evitar dramas humanos dolorosos “, me respondió sin vacilar la científica, con una franqueza que se encuentra sólo de aquel lado del Atlántico.

Autora de numerosas publicaciones sobre la enfermedad de Parkinson, Caro¬line Tanner es una de las neurólogas más famosas de los Estados Unidos. Ella Trabaja en un ” lugar privilegiado “, ya que el Instituto Parkinson es ” a la vez un centro de cuidados y de investigación”. Asociada a la interpretación de los datos recogidos por el Agricultural Health Study, publicó en 2009 un estudio de caso-testigo que mostró que la exposición a los plaguicidas incrementaba de modo significativo el riesgo de desarrollar el síndrome de Parkinson.

“Comprobamos que el riesgo podía ser multiplicado por tres después de la exposición a tres plaguicidas: el 2,4-D y el paraquat, dos herbicidas, y el perméthrine, que es un insecticida, comentó. Nuestros trabajos llegaron en el momento adecuado para los veteranos de la guerra de Vietnam que fueron expuestos al agente naranja, del que uno de los componentes era el 2,4-. En efecto, éstos habían pedido que la enfermedad de Parkinson fuera añadida a la lista de las enfermedades que diera derecho a una indemnización y a una encargada médica por el Departamento de los ex-combatientes, lo que finalmente obtuvieron.

En cuanto al paraquat, no hemos sido sorprendidos, porque el Instituto Parkinson trabajó mucho en el MPTP (En 2008, dieciséis patologías formaban parte de esta lista, entre las que estaban cánceres (aparato respiratorio, próstata, sarcoma de los tejidos muelles, la leucemia o el linfoma no hodgkiniano ) pero también la diabetes de tipo 2 o la neuropatía periférico. William Langston, cuyo estudio sobre el MPTP, el agente citado que contaminaba  la heroína de síntesis, trabaja para el Instituto Parkinson de Sunnyvale,) porque las dos moléculas son muy próximas. En cuanto al perméthrine, nuestros resultados son inquietantes, porque este insecticida es ampliamente utilizado para la prevención de la malaria. Lo encontramos impregnado en los mosquiteros, los uniformes de los militares o en ropas normales, y mucha gente puede entrar en contacto con la molécula por vía cutánea…

– ¿Acaso el tiempo de la exposición es un factor importante?

– Según nuestro estudio, no es un factor determinante. Por otra parte, una de las sorpresas fue que las esposas de agricultores presentaban también un riesgo más elevado que la población general. De hecho, están tan expuestas a los productos, porque participan a veces en la preparación de las mezclas, pero también porque lavan las ropas de su marido o simplemente porque viven en un medio ambiente contaminado o consumen alimentos contaminados. Participé en un estudio con colegas de Honolulu, que compararon a gemelos masculinos donde uno había desarrollado la enfermedad de Parkinson y el otro no. Comprobamos que uno de los factores de riesgo era el consumo de productos lácteos y la hipótesis que adelantamos, es que los contaminantes orgánicos persistentes, los famosos “POP”, alguno de los cuales tiene efectos neurotóxicos, como las dioxinas o el PCB, tienen la facultad de acumularse en las grasas de la leche. Seria interesante conducir un estudio específicamente sobre este tema; tanto más que un experimento reciente mostró que la combinación de paraquat y de maneb, un herbicida a base de manganeso, aumentaba considerablemente el riesgo de tener la enfermedad de Parkinson y podía inducir los signos de la enfermedad a los animales que habían sido expuestos in utero.

– ¿A menudo decimos que la enfermedad de Parkinson está en neta progresión en los países industrializados, acaso es verdad?

– De hecho, no sabemos nada sobre este hecho. Por una razón muy simple, es que no tenemos registros bastante antiguos para poder afirmarlo con certeza. Yo mismo me planteé esta cuestión y, para responder a eso, me fui a China, hace unos veinte años, momento en el que el proceso de industrialización de la agricultura era muy poco  avanzado y donde la enfermedad de Parkinson era muy rara. Dirigí varias investigaciones allá y puedo decir hoy que la patología se volvió allí tan corriente como en los Estados Unidos. La única explicación, es que en veinte años el país se ha industrializado fuertemente y que se utilizan los mismos plaguicidas que en los países occidentales. “

Los plaguicidas fallan ampliamente, pero no escatiman al hombre

Uno días más tarde, el 6 de enero de 2010, encontraba en el hospital deLa Pitié-Salpêtrière, en París, al doctor Alexis Elbaz, un neuroepidemiologísta que trabaja para una unidad del Inserm (Institut National dela Santéet dela Recherche Médicale). En Francia, este joven investigador es un pionero:

(…)

 –          Comprobamos que los insecticidas órgano-clorados multiplicaban por 2,4 el riesgo de tener la enfermedad de Parkinson. Entre ellos, están el DDT o el lindane, que fueron ampliamente utilizados en Francia entre los años 1950 y 1990 y que se caracterizan por una persistencia en el medio ambiente numerosos años después de la utilización.

– ¿Acaso sabe si los plaguicidas utilizados en los campos pueden también afectar a los residentes que viven cerca de las zonas tratadas?

– No tenemos datos sobre eso, pero es verdad que, más allá de la exposición a niveles elevados en medio profesional, nuestros resultados levantan la cuestión de las consecuencias de una exposición a dosis más débiles, tal como ella puede ser observada en el medio ambiente, a saber en el agua, el aire y la alimentación. Este día, sólo un estudio pudo aportar una respuesta convincente. “

Publicado en abril de 2009, el estudio del que habla el doctor Elbaz ha sido conducido por un equipo de investigadores de la universidad de California. Éstos disponían de una ventaja preciosa, de la que Francia desgraciadamente no puede prevalerse. Desde los años 1970, en efecto, el Estado más rico de la federación americana exige que esté registrado en un sistema informático centralizado, bautizado California Pesticides Use Reports, todas las ventas de pesticidas, con la indicación del lugar y de la fecha prevista de su utilización. Lo que permite saber al día que sectores geográficos han sido tratados y con que moléculas. Así es como el equipo de Sadie Costello pudo ” reconstituir la historia de la exposición a los plaguicidas agrícolas en el entorno residencial ” de toda la región estudiada, entre 1975 y 1999.

Para eso, los participantes en el estudio -368 parkinsonianos y 341 testigos no enfermos, residentes en el valle central de California – debieron comunicar su dirección para que fuera calculado su nivel de exposición en el curso de esos veinticuatro años.

Antes de descubrir los resultados inquietantes de este trabajo notable, es importante comprender bien su pertinencia, porque nos concierne a todos. En efecto, así como lo explicaba en 1995 el estadounidense David Pimentel, profesor en el Colegio de agricultura y de las ciencias de la vida de la universidad Cornell, ” menos de 0,1 % de los plaguicidas aplicado para el control de los indeseables alcanza su blanco. Más del 99,9 % de los plaguicidas utilizados migran en el medio ambiente, donde afectan a la sanidad pública y los biotopos benéficos, contaminando los suelos, el agua y la atmósfera del ecosistema “. Ciertos observadores sólo son un poco menos pesimistas, Hayo van der Werf, agrónomo en el INRA: ” consideramos que 2,5 millones de toneladas de plaguicidas son aplicadas cada año sobre las culturas del planeta, escribía en 1996.

La parte que entra en contacto con los organismos indeseables – o qué ingieren – es mínima. La inmensa mayoría de los investigadores la evalúan a menos del 0,3 %, lo que quiere decir que el 99,7 % de las sustancias vertidas se van en otro lugar. ” Y añade: ” Como la lucha química expone inevitablemente a los tratamientos los organismos no blancos – entre los que están el hombre – unos efectos secundarios indeseables pueden manifestarse sobre unas especies, unas comunidades o unos ecosistemas enteros. “

Al leer la continuación, comprendemos que la agricultura química será todo menos una ciencia exacta, hasta tal punto que uno acaba por preguntarse cómo y en nombre de qué pudimos dejar instalar sobre nuestros territorios tal sistema de envenenamiento generalizado: ” tan pronto como tocan el suelo o la planta, los pesticidas comienzan a desaparecer: son degradados o son dispersados. Las materias pueden volatilizarse, chorrear o ser lavadas y alcanzar las aguas de superficie o subterráneas, ser absorbidas por las plantas u organismos del suelo o quedarse en el suelo.

Durante la temporada, el chorro de lluvia se lleva por término medio el 2 % de un plaguicida aplicado sobre el suelo, raramente más del 5 % al 10 %. En cambio, comprobamos a veces pérdidas por volatilización del 80 % al 90 % del producto aplicado, algunos días después del tratamiento. [] en el momento de los tratamientos por aeronaves, hasta la mitad del producto puede ser arrastrado por el viento lejos de la zona que hay que tratar. [] comenzamos a preocuparnos del paso de los plaguicidas a la atmósfera durante los años 1970 y 1980, comprobando que las sustancias pueden difundirse muy lejos, como lo atestigua su descubrimiento en las  brumas oceánicas y en la nieve del Ártico. Después de la lectura de este guión, la cuestión se pone inmediatamente: ¿Por lo menos los pesticidas sirven para algo?

“¿las plagas perjudiciales” han sido totalmente exterminadas? ¡ Pues no! Es lo que explicaba desde 1995 el profesor David Pimentel: ” consideramos que unos 67 000 parásitos atacan cada año las cosechas mundiales: 9 000 insectos y polillas, 50 000 plantas patógenas y 8 000 malas hierbas. En general, consideramos que menos de 5 % presentan un peligro real.  A pesar de la aplicación anual de cerca de 2,5 millones de toneladas de plaguicidas y el uso de medios no químicos de control, el 35 % de la producción agrícola es destruida por los parásitos: el 13 % por los insectos, el 12 % por las plantas patógenas y el 10 % por  adventicias (malas hierbas). “

En resumen: los venenos vertidos en los campos fallan generalmente sus blancos, sea porque los perjudiciales les resisten o escapan de ellos, sea porque ” se van a otro lugar “, para retomar la expresión de Hayo van der Werf, contaminando el medio ambiente. De aquí la pregunta, altamente pertinente, del equipo de Sadie Costello: ¿ los plaguicidas pueden inducir la enfermedad de Parkinson entre personas que viven cerca de los cultivos tratados? La respuesta es claramente positiva. Los registros de utilización de los plaguicidas indicaron que, entre los productos más utilizados en el valle central de California, figuraban el maneb, el fungicida a base de manganeso que ya evoqué, y el ineludible paraquat.

Los resultados del estudio mostraron que el hecho de vivir a menos de 500 yardas (cerca de450 metros) de una zona tratada aumentaba un 75 % el riesgo de desarrollar la enfermedad. Además, la probabilidad de padecer la enfermedad antes de los sesenta años es multiplicada por 2,27 en el momento de la exposición a uno de ambos plaguicidas  y por más 4,17 en el momento de una exposición combinada, sobre todo si la exposición se había efectuado entre 1974 y 1989, es decir momento en el que las personas concernidas eran niños o adolescentes.

“Este estudio confirma dos observaciones hechas en el momento de los experimentos sobre animales, explicó PlacidoRitz, profesor de epidemiología en el UCLA School of Público Health, que supervisó los trabajos del equipo de la universidad de California.

Primero, la exposición a productos químicos múltiples aumenta el efecto de cada producto. Es importante, porque los humanos son generalmente expuestos a más de un plaguicida en su entorno.

Segundo: el momento de la exposición es también un factor importante “

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