Fukushima año 2: ¿Qué haría usted si la central nuclear explotara?

 

El 11 de marzo de hace dos años, a las 14:46 horas de un viernes que empezó como cualquier otro y en el que sin embargo todo cambió, la tierra tembló con una magnitud 9,0 bajo el mar en la costa nordeste de Japón. Se desencadenó un gigantesco maremoto, corrimientos de tierras, incendios pavorosos y el mayor desastre nuclear que ha conocido el mundo desde Chernóbil (1986).

Murieron más de 15.000 personas y desaparecieron otras 3.000, como se están encargando de recordar estos días los medios de comunicación sin entrar al fondo de la cuestión. Porque lo cierto es que la situación real de Fukushima -donde aún hay un perímetro de seguridad de 30 kilómetros- se encamina hacia la catástrofe sin que ello merezca ni una sola línea en nuestros periódicos ni unos segundos en antena.

Todo el mundo calla respecto a lo que está pasando ahora en Fukushima, donde sigue reinando el silencio… un silencio de muerte.

Una cuestión de supervivencia de la especie humana

Cuando la central nuclear de Fukushima fue arrasada por el terremoto y luego el tsunami de marzo de 2011, las autoridades japonesas y las agencias especializadas del sector de la energía nuclear tuvieron una sola prioridad: minimizar de forma obscena el impacto de la catástrofe sobre la salud para impedir que cundiese el pánico.

La realidad es que la explosión de una central nuclear libera a la atmósfera una gran cantidad de radionucleidos radiactivos. Lo mismo cabe decir de los efectos radiactivos tras la explosión de una bomba atómica o una “bomba sucia”. Uno de los componentes radiactivos más comunes es el yodo radiactivo I-131. Y fue precisamente el yodo radiactivo una de las sustancias letales que se liberaron tras el accidente de Fukushima (se abunda en este tema más adelante).

Por suerte, existe un medio rápido, muy eficaz y muy económico capaz de inmunizar el organismo contra el yodo I-131, lo que no ocurre con los demás compuestos radiactivos (el cesio, por ejemplo).

Basta con tomar en las horas siguientes al accidente nuclear un comprimido de yodo, o aplicarse 2 ml de tintura de yodo en la piel (1 ml en el caso de los niños). Si no tiene yodo en su botiquín, puede utilizar Betadine doblando la dosis. Tres días después de la primera dosis debe repertir la aplicación de una dosis de recuerdo. De este modo saturará su cuerpo de yodo no radiactivo y disminuirá en un 97% la absorción de yodo radiactivo en su cuerpo.

La glándula tiroides está programada para almacenar y concentrar rápidamente el yodo cuando entra en el organismo. Si se trata de yodo radiactivo, su tiroides lo absorberá y usted se expondrá a radiaciones internas, que aumentarán el riesgo de que padezca cáncer de tiroides y nódulos benignos. Los niños y los lactantes son aún más vulnerables que los adultos.

Pero si su tiroides ya está saturada de yodo no radiactivo, su cuerpo no absorberá más. Como dije antes, también puede lograr este resultado aplicándose tintura de yodo en la piel.

Su coste es prácticamente nulo. Pero hace falta que lo tenga en el botiquín.

¡Atención!: el uso de la tintura de yodo conlleva peligros, ya que no es un producto inocuo. Antes de usarlo conviene pedir la opinión de un médico o un farmacéutico. No hay que asociarlo a antisépticos a base de mercurio. Las mujeres embarazadas y los bebés de menos de un mes no deben utilizarlo sin prescripción médica. Asimismo, cualquier persona que tenga cierta sensibilidad al yodo, que padezca una enfermedad tiroidea o que sufra problemas cardiacos no debería aplicarse tintura de yodo.

Es vital actuar con rapidez

La rapidez con que se administre el yodo tras una exposición a yodo radiactivo es un factor decisivo de cara a su eficacia. El efecto protector es del 97% cuando la tintura se administra en el momento de la exposición, pero pasa a ser del 85 % una hora después y del 50 % entre 3 y 4 horas después de la exposición. Pasadas 6 horas ya no tendrá ningún efecto.

Por este motivo, parece razonable que se preocupe hoy mismo de tener en su botiquín una botella de tintura de yodo, que sólo le costará unos euros.

La bomba retardada no está en absoluto desactivada

Al contrario de lo que reconocieron las autoridades en el momento del accidente, decenas de miles de personas en Japón y en el Pacífico resultaron afectadas por las emisiones de cesio 137 radiactivo tras el tsunami de marzo de 2011. Se han encontrado residuos de la central de Fukushima hasta en las costas de California. La radiactividad incluso llegó por las capas bajas de la atmósfera hasta Tenerife, incrementándose los valores de yodo y cesio radiactivos.

Desde el primer momento del desastre planeó sobre Fukushima el fantasma de Chernóbil, el peor escenario hasta ese momento de un accidente ocurrido en la historia nuclear, aunque los expertos no se han cansado de asegurar que ni de lejos Fukushima ha tenido las proporciones de Chernóbil… Pero, ¿podemos creerles?

Si las estimaciones actuales son exactas, Fukushima ha liberado ya a la atmósfera tanta radiación como Chernóbil. La diferencia es que Tepco, la empresa que gestiona la central, y el Gobierno japonés no quisieron construir un sarcófago de hormigón en torno a la central, como sí hicieron los soviéticos, con un coste humano gigantesco, bien es cierto.

En la actualidad, nos encontramos por lo tanto con instalaciones nucleares al raso y el riesgo de un desastre es aún diez veces mayor si se produjese un nuevo terremoto. Esta hipótesis es por desgracia probable en esta región con fuerte actividad sísmica. De hecho, sólo en 2012 en Japón resultaron perceptibles 3.139 terremotos, de los cuales 1.868 fueron réplicas del de 2011.

En consecuencia, estamos a merced de la naturaleza. El Gobierno japonés lo sabe y está preparando planes de evacuación total del área metropolitana de Tokio, un éxodo de consecuencias humanitarias apocalípticas que afectaría a 40 millones de personas. De hecho, inmensos territorios del hemisferio norte densamente poblados en la actualidad quedarían inhabitables durante siglos o incluso milenios.

Negar los hechos no sirve de nada

No se puede negar esta realidad. Pretender que la amenaza no existe no puede alejar el riesgo ni protegerle a usted y a su familia. El único efecto será dejarle sin medios con que defenderse el día en que se produzca el desastre.

Debe tener en cuenta los siguientes hechos:

La central de Fukushima Dai-Ichi contenía seis reactores nucleares. El tsunami del 11 de marzo de 2011 provocó la inundación de los generadores que producían la electricidad del sistema de refrigeración, lo que acarreó en los días siguientes la fusión parcial del núcleo de tres reactores de los seis existentes (“full meltdown”) y además una explosición de hidrógeno en los edificios de esos tres reactores y en la piscina de un cuarto reactor.

Cada uno de éstos sufrió a continuación explosiones de hidrógeno que destruyeron su parte superior.

A partir de ese momento se produjeron emisiones masivas al entorno. El Gobierno japonés tomó entonces una decisión dramática: pedir que se usase el agua del mar para enfriar los reactores, lo que acabó por destruirlos por completo, soltando millones de litros de agua contaminada al Pacífico.

La catástrofe se clasificó como de nivel 7 (el más elevado) en la escala internacional de accidentes nucleares, el mismo nivel que el accidente de Chernóbil.

La pesadilla de las piscinas

Sin embargo, la peor amenaza actualmente tiene que ver con las “piscinas”.

Es necesario saber que, en una central nuclear del tipo de la de Fukushima, las barras de combustible usado se almacenan en enormes piscinas llenas de agua. Este combustible emite radiaciones que son sumamente peligrosas para las personas y desprende un enorme calor. En condiciones normales, el agua permite bloquear las radiaciones y enfriar las barras de combustible usado, por lo que deben permanecer en las piscinas varios años (hasta 20), hasta que se enfrían y han reducido suficientemente su radiactividad. Un complejo sistema de grúas y jaulas permite examinar las barras, desplazarlas, etc.

El problema es que después del accidente el sistema de refrigeración dejó de funcionar, lo que produjo en primer lugar la evaporación del agua y luego un incendio en la piscina del reactor n° 4, produciendo nuevas emisiones de vapores radiactivos. Las instalaciones para el desplazamiento de las barras quedaron destruidas. Hasta hoy ningún ser humano ha podido acercarse a estas piscinas.

¿Una catástrofe inminente?

A día de hoy, la radiactividad ha aumentado tanto en la piscina n° 2 que ya no es posible medirla. (Sí, ha leído bien: la radiactividad es demasiado fuerte para ser medida). A medida que se evapore el agua, el calor y las radiaciones podrían aumentar fuertemente y provocar nuevos incendios.

La piscina n° 4 está a 30 metros por encima del nivel del suelo y expuesta al aire libre. La estructura que la rodeaba y la sostenía está fuertemente dañada. Si se produjese un nuevo terremoto y la piscina se desmoronase o tuviese una fuga, se produciría un incendio radiológico que podría provocar emisiones de cesio diez veces superiores a las de Chernóbil.

Algunos científicos creen incluso que el desmoronamiento de las piscinas sería tan grave que todo Japón debería ser evacuado. Esto supondría 125 millones de refugiados, lo que causaría un desastre humanitario sin precedentes.

Las autoridades lo saben y por eso trabajan a contrarreloj para intentar desactivar la “bomba de relojería” que supone la central de Fukushima en su estado actual, que además del peligro latente que entraña sigue contaminando silenciosamente el entorno. Prueba de ello es el anuncio que hizo Tepco el pasado 28 de febrero, cuando se detectó un pez capturado cerca de Fukushima con una concentración de cesio radiactivo récord, la más alta desde que se produjo el accidente nuclear. Y el propio Tepco ha admitido que se siguen emitiendo un total de unos 10 millones de becquerelios por hora de cesio radiactivo.

Para intentar ganar tiempo al tiempo, Tepco ha anunciado recientemente que comenzará en noviembre de 2013 a retirar combustible de la piscina nº 4 y terminará la operación a finales de 2014, un año antes del plazo previsto, para intentar reducir la peligrosidad de la central nuclear, un peligro del que es bien consciente, pese a los mensajes tranquilizadores que lanza, que incluyen actualizaciones informativas casi diarias desde su sitio web.

Una de las mayores acumulaciones de radiactividad del planeta

Antes de que rechace de un plumazo esta información atribuyéndola a alguna red antinuclear extremista, lea aquí lo que declaró Robert Alvarez, alto consejero de medio ambiente y seguridad nacional en el Departamento de Energía de Estados Unidos (Senior Policy Adviser to the Secretary for National Security and the Environment for the US Department of Energy):

El total de las existencias de combustible nuclear usado en el emplazamiento de Fukushima Dai-Ichi contiene cerca de la mitad de la cantidad total de cesio 137 liberado en la atmósfera por todos los ensayos de bombas nucleares, el accidente de Chernóbil y las instalaciones de reprocesado de todo el mundo (cerca de 270 000 000 de curios o 9,9 E + 18 becquerelios). Es importante que el público comprenda que los reactores que funcionan desde hace décadas, como el de Fukushima Dai-Ichi, han producido una de las mayores acumulaciones de radiactividad del planeta
.
Las agencias nucleares de todo el mundo están en alerta frente a la eventualidad de una nueva degradación de los reactores de Fukushima y las piscinas de combustible usado, con las consecuencias radiactivas que ello tendría. Se producirían una serie de explosiones que liberarían radiaciones en el conjunto del hemisferio norte, imposibles de contener.

El informe de la OMS

La Organización Mundial de la Salud presentó hace unos días un informe sobre los riesgos del accidente nuclear de Fukushima para la salud de la población en la prefectura de Fukushima, en el resto de Japón y en el resgo del mundo, así como para los trabajadores expuestos tras el accidente. Es el primer estudio a escala mundial que se hace sobre los efectos para la salud por la exposición a la radiación tras el accidente. Los datos están clasificados por edad, sexo y proximidad en relación al riesgo de sufrir un cáncer. El resumen de sus conclusiones es que los riesgos son bajos y no se prevé que las tasas de cáncer aumenten de manera apreciable con respecto a las tasas basales. (1)

El único riesgo que menciona el informe es en las áreas más contaminadas, cercanas a la central, donde existe un riesgo del 70% de desarrollar cáncer de tiroides en mujeres y recién nacidos (cuando normalmente el riesgo de este tipo de cáncer es de un 0,75%). Resalta también un riesgo de cáncer de mama del 6% en mujeres expuestas durante la lactancia, del 4% más de todos los cánceres en órganos entre las mujeres que se vieron expuestas cuando eran niñas, y un 7% de riesgo de leucemia en hombres expuestos durante la lactancia.

Para las personas de la segunda zona más afectada de la prefectura de Fukushima, la estimación del riesgo es de aproximadamente la mitad. Y para la población del resto de Japón los riesgos son despreciables. Fuera del país asiático, la OMS descarta que la radicación tenga efectos adversos sobre la salud.

No sé a usted que le parecen los resultados del informe, pero yo no me fío mucho del optimismo de un informe que, para empezar, ha omitido los efectos de las primeras emisiones radiactivas en las personas que se encontraban dentro de la zona de 20 kilómetros más cercanos al accidente. Por el contrario, el gobierno japonés también ha cuestionado las conclusiones del informe, pero en este caso porque le parecen demasiado pesimistas.

No cuente con las autoridades para que “se ocupen de usted”

La conclusión de esta historia es que sea lo que sea lo que nos tiene reservado el futuro, no puede contar con que las autoridades le vayan a proteger, y menos aún “ocuparse de usted”.

Si en un aspecto tan crucial como el de la seguridad nuclear son capaces de dejar que se produzca una catástrofe semejante (es difícil admitir que en Japón nadie conociera el riesgo de terremotos y tsunamis; de hecho “tsunami” es una palabra japonesa), y si son capaces de gestionar tan mal las consecuencias, hará bien en pensar que actúan de la misma manera, o aún peor, en otros aspectos, incluido un campo tan importante como el de la salud pública.

Porque lo cierto es que para los gobernantes el bien público no es la primera de sus prioridades, y menos aún su caso particular o el mío.

Para ellos, como para mucha gente, la prioridad es sobre todo asegurar su propio progreso y su prestigio. Y si para ello hace falta contribuir, por activa o por pasiva, a instaurar un sistema peligroso e inhumano, muchos por desgracia no lo dudarán. La historia lo ha demostrado muchas veces.

Jean-Marie. Dupuis

Santé et nutrition.

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