(…)El progreso era la obsesión de todos ellos. Más máquinas, más eficiencia, más capital, más comodidades; (…)

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Henry Miller y el “Coloso” George Katsimbali (1939)

(…)En Marsella me embarqué para El Pireo. Mi amigo Durrell me esperaba en Atenas para llevarme a Corfú. En el barco iba mucha gente del Levante. Inmediatamente mi atención se fijó en ella, ganando mis preferencias sobre los americanos, franceses e ingleses. Tenía un enorme deseo de hablar con árabes, turcos, sirios, etcétera. Sentía curiosidad por saber cómo eran. El viaje duró cuatro o cinco días, y conté con tiempo más que suficiente para trabar relación con los que más deseaba conocer. Pero, por mera casualidad, el primer amigo que hice fue un griego, estudiante de Medicina, que regresaba de París. Hablamos en francés. La primera noche estuvimos de charla hasta las tres o las cuatro de la madrugada, tratando principalmente de Knut Hamsun, quien, por lo que oí, era muy admirado en Grecia. Al principio me pareció extraño hablar sobre ese genio nórdico mientras navegábamos por aguas templadas. Pero esa conversación me hizo ver en seguida que los griegos son un pueblo apasionado, entusiasta y curioso. Pasión era algo que hacía tiempo echaba de menos en Francia. No solamente pasión, sino espíritu de contradicción, confusión, caos, todas esas genuinas cualidades humanas que volvía a descubrir y apreciar en la persona de mi nuevo amigo. Y generosidad, de la que casi llegué a pensar que había desaparecido de la Tierra. Allí estábamos un griego y un americano con algo en común, aun siendo dos seres muy diferentes. Fue una espléndida introducción a ese mundo que pronto se abriría ante mis ojos. Antes de ver el país, ya estaba enamorado de Grecia y de los griegos. Me di cuenta con antelación de que eran gente cordial, hospitalaria, y con la que sería fácil entenderse. Al día siguiente entablé conversación con los otros: un turco, un sirio, algunos estudiantes del Líbano y un argentino de origen italiano. El turco me fue antipático casi desde el primer momento. Tenía una verdadera manía por la lógica que me sacaba de quicio. Además era una lógica absurda. Y lo mismo que en los demás, todos ellos profundamente antipáticos, advertí en él una expresión del espíritu americano en su peor acepción. El progreso era la obsesión de todos ellos. Más máquinas, más eficiencia, más capital, más comodidades; he aquí su único tema. Les pregunté si habían oído hablar de los millones de personas que estaban sin trabajo en América. No me hicieron caso. Les pregunté si se daban cuenta de lo vacíos, desasosegados y miserables que eran los americanos con todas sus máquinas productoras de lujo y comodidades. Mi sarcasmo no les hizo mella. Lo que deseaban era éxito: dinero, poder, la Luna a ser posible. Ninguno quería volver a su país; por alguna razón les habían obligado a regresar en contra de su voluntad. Decían que no había vida para ellos en sus respectivos países. Estuve tentado de preguntarles: ¿Cuándo creían que empezaba la vida? Cuando poseyeran todas las cosas que tiene América, Alemania o Francia. Por lo que pude entender, la vida estaba hecha de cosas, de máquinas principalmente. La vida sin dinero era una imposibilidad: se necesitaban trajes, una buena casa, una radio, una raqueta de tenis, etc. Les dije que no tenía ninguna de esas cosas y era feliz, y que si me había marchado de América había sido precisamente porque esas cosas no significaban nada para mí. Me contestaron que era el americano más raro que habían conocido. Sin embargo se encontraban a gusto conmigo. Se me pegaron durante todo el viaje, acosándome con variedad de preguntas que en vano contestaba. Por las noches me reunía con el griego. Nos entendíamos mejor, mucho mejor que con los demás, a pesar de su adoración por Alemania y su régimen. También él, naturalmente, quería ir a América algún día. Todo griego sueña con ir a América y hacer allí su nido. No intenté disuadirle: le hice un retrato de América tal como la conocía, tal como la había visto y vivido. Eso pareció asustarle un poco; reconoció que nunca había oído hablar así de América. «Vaya y vea usted mismo —le dije—. Puedo estar equivocado. Solamente le digo lo que conozco por propia experiencia.» Y añadí: «Recuerde que Knut Hamsun no encontró la vida americana tan deliciosa como usted cree, ni su admirado Edgar Allan Poe… (…)

Henry Miller, El Coloso de Marusi (1939)

Encontrado en e.book: http://www.gutenscape.com/documentos/ddb61d20-56a4-492c-9d19-bff41e87b435.pdf, pero no lo bajes que es prohibido…

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